No puede aprender a no mirar tanto. A pestañear. No se cansa del mundo que se le ofrece ante los ojos, y como no puede alcanzarlo de ningún modo más que a través de la vista, decide existir en función de este único sentido. Dejar todo en la pupila inquieta que se agita con cada leve e imperceptible movimiento del mundo y adentrarse en él como pura visión. Sin tocar. Sin corromper con la huella o la palabra ese universo perfecto y armónico. Pero comienza a sentir que los ojos se cansan de tanto ver, que se agrietan. Se resecan y se resquebrajan. Vaguean sin sentido por las órbitas desorientadas por tanta belleza. Quiere cerrarlos para que se sosieguen; pero hay tanta imagen en ellos que recuerdan. Recuerdan. No pueden olvidar. No pueden entregarse al sueño. Cuando sin pedir permiso el sueño llega, se cuela por los párpados entreabiertos y los empuja hacia abajo para cerrarlos, para cegarlos; entonces el recuerdo tampoco cesa. Son ojos de memoria constante y eterna. Sueña que es una niña desnuda apoyando los pies descalzos y fríos en las piedras lamidas por un lago de deshielo en el sur. Sus brazos se agitan alrededor de su cuerpo para darle equilibrio a sus piernas débiles que no encuentran el paso, que se debaten dolorosamente entre la vida y la muerte para apoyar un pie luego del otro, para poder correr hacia el bosque que se levanta detrás.
En el sueño tiene los ojos tan abiertos que el viento que los sopla se los arde.
Las lágrimas brotan para curarlos. Salen como ríos de las cuencas enrojecidas, de la boca agitada, de la nariz. Brotan desde las napas subterráneas hasta humedecer con su tibieza los dedos asustados de la niña que aún no camina. Las lágrimas se escurren también por entre sus piernas, como un líquido amniótico que germinará vida cuando encuentre el seno propicio: el cuerpo de ese pequeño ser o la tierra fértil que se esconde debajo de las diminutas y espinosas hojas de los pinos.