La casa
Abro los ojos y veo cómo levantan con una grúa la casa de mi abuelo. Como es de chapa y madera pareciera que va a desarmarse de un momento a otro. Cuelga como un péndulo de la grúa mientras por debajo la van sujetando con largos tablones. Se la llevan de la costa hacia el centro. La imagen es inverosímil, pero real. Aunque no lo haya visto, sé que así fue.
Se disipa. Nuevamente la oscuridad de mi habitación y el sonido ensordecedor de la lluvia en el techo de mi casa, que también es de chapa.
Mi gata, a un costado de mi cama, tiene su cara a diez centímetros de la mía y me mira fijamente. Sus ojos y la pequeña luz roja de la televisión son lo único que puedo ver.
Cierro los párpados hinchados sobre mis ojos ardidos tratando de conciliar nuevamente el sueño, pero una catarata de imágenes me sacude el cuerpo y no me deja.
Son recuerdos, visiones, delirios, deseos...
A pesar de la lluvia el calor es sofocante, pero no puedo abrir las ventanas porque el agua irremediable entra a borbotones. Es tan intensa que siento que llueve sólo sobre mi casa. Desde los costados, desde arriba, desde abajo.
Visualizo mi casa desde afuera como una gran burbuja chorreada, donde el devenir del chaparrón busca cualquier intersticio para adentrarse.Y veo cómo mi casa se estremece bajo mi mirada omnipotente. Como si se hallara desnuda de golpe y agradeciera a la lluvia que interponga su barrera fría y húmeda entre ella y yo.
Me imagino cómo podría trasladarse mi casa en una grúa. De aquí a la costa. Pero es de material. De cemento, y ladrillo, y baldosa. Sólo el techo es de madera y chapa. Las puertas y las ventanas son de metal. No sería posible, pesa mucho. Además está en un primer piso, sostenida por otras dos casas.
Tendría que construir una nueva.
De todos modos sería mejor. No sé qué razones tuvo mi abuelo para trasladar la suya. No serían buenas, esas razones. No era una linda casa. Seguramente no hubiera sido capaz de construir una nueva, distinta. Más cálida, sin ese olor a viejo, a encierro. Sin esas alfombras raídas, gastadas, descoloridas. Tal vez para no tener que vaciarla, porque la mudó tal como estaba, con todo adentro. Para no tener que encontrarse con todos los cachivaches y todo el papelerío juntado y rejuntado durante años inútilmente.
Yo construiría una nueva con ventanas de madera y un techo blanco, de material, porque ahora la lluvia me da miedo. La construiría directamente sobre la arena, sin que tenga que estar sostenida por otras casas, y porque a lo mejor algún día el mar decide llevársela.
Para que no se rompa, sino que se abandone a la fuerza de las olas y navegue. Se convierta en casa-balsa y pueda escaparse.


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Amalia Van Aken
amantigona@yahoo.com.ar
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