A los nonos...
¿Por qué sonríes tanto cuando me ves? ¿Por qué quieres ser niño cuando estás conmigo? Bendita hipocresía que tan feliz nos haces. Abuelo... ¡pequeño grandulón! Nonito del alma... Payaso que me haces llorar de la risa y me haces reír cuando lloro.
Los años te pegan duro, pero se que puedo compartir eso dolor contigo, por eso es que se alivia, por eso es que nos reímos a carcajadas del tiempo, por eso estando juntos no hay edad, no hay tempestad alguna que pueda quebrar nuestra complicidad. Tu que eres la parte que le falta a nuestros padres y la parte que nuestros amigos carecen. Eres así el complemento de nuestras vidas. Haces lo imposible por rellenar las rendijas, los huecos que adormecen nuestro corazón. Eres el que sin hacer nada lo dices todo, lo das todo, lo puedes todo.
A veces desearía que cumplieras los años para atrás, y encontrarnos a la mitad del camino, y así huir de la mano, salirnos. La vida entera se me pasa frente a los ojos cuando te veo alejarte, poco a poco, cuando la misma vida se aleja de nosotros. Muerdo mis labios, respiro hondo y retomo ofuscado las vías del destino. Es entonces cuando me pregunto qué es la vida...
La vida es esto, lo que hay ¿por qué complicarla? Bueno sería que no haya filósofos que embrutezcan a la espontaneidad. Y lo que hay eres tu, abuelo, tal como eres. Virtud de ti es que hayas cruzado nuestros caminos sin fijarte en las vicisitudes de las distancias temporales.
Esta vida que es una carrera de postas, pasándonosla de mano en mano, haciendo eterna esta carrera, venciendo el tiempo, llevándonos los unos a los otros.
Algún día no estarás más a mi lado, lo se. Se que tarde o temprano ocurrirá. Ese día seremos definitivamente cómplices, no habrá mas planes que cerrar, el gran golpe ya lo habremos dado. Seré yo, seremos nosotros.
Te veo allí tan indefenso en la cama, y no hago otra cosa que adorarte, así cuando me mirabas a través de vidrio del hospital cuando acaba de nacer. La historia se repite. Ahora soy yo quien acaricia tus manos. Reposo mi ojos en ti para acallar los vientos y adormecer la tristeza. Dolor maravilloso es el que une, el que trae la paz.
A ellos, con papiros enmohecidos sobre sus rostros que esconden las letras de sus deseos, de nuestras venturas. A ellos, con sus chamuscadas manos de tanto fregar nuestras capas de piedad, escurriendo de ella los fantasmas de la desdicha. A ellos, que pagan hoy por lo que deberemos mañana. A ellos, nuestros abuelos del alma...


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Nahuel Taján
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